sábado, 12 de abril de 2008

Tesis Los Kirchner, entre la espada y la pared


Tesis
Los Kirchner, entre la espada y la pared

Si Cristina Fernández de Kirchner realmente cree en su propio "relato", del que el coautor parece ser aquel célebre pensador progresista Luis D'Elía, la Argentina no tardará en despeñarse en una nueva crisis política de proporciones mayúsculas y desenlace incierto. Acostumbrada como está a un índice de aprobación inverosímilmente alto heredado de su marido, la Presidenta no supo cómo reaccionar cuando el apoyo así registrado comenzaba a esfumarse. En lugar de resignarse a gobernar como una presidenta "normal" –en los países avanzados los mandatarios a menudo se ven abandonados por la mayoría sin por eso sentirse obligados a renunciar–, ha elegido redoblar la apuesta, satanizando a sus adversarios, dando a entender que quieren voltearla, lo que, claro está, hace todavía peor la situación en que se encuentra ya que lo que más molesta a la gente es la intolerancia autoritaria que la caracteriza.
A juzgar por sus discursos, la Presidenta se las ha ingeniado para persuadirse de que los chacareros, caceroleros, sojeros, empresarios, periodistas y otros que desaprueban su gestión, son una banda siniestra de oligarcas, golpistas y racistas blancos que sueñan con restaurar el Proceso, cuando no los horrores de los años 90. Es su "relato" y no se propone modificarlo. De más está decir que virtualmente cualquier medida podría justificarse si ayudara a salvar al país del peligro terrible que en su opinión lo acecha.

Así, pues, es de prever que la Presidenta, blindada por la convicción de que el Destino, la Historia o lo que fuera la ha convocado para defender al pueblo contra los resueltos a esclavizarlo, no vacile en continuar haciendo uso de la tropa aportada por D'Elía y Moyano, atacando a los productores agrarios y amenazando a los medios de prensa. Conforme al Observatorio de la Discriminación en los Medios de Comunicación que está avalado por el Gobierno, los diarios, revistas y emisoras televisivas del país han decidido envenenar a la gente, obligándola a consumir basura "clasista y racista" y, para colmo, haciendo gala de su "supina ignorancia" toda vez que aluden al conflicto con el campo que, como sabe toda persona de bien, es sólo un "lock out patronal".
La hostilidad hacia la prensa que tienen los Kirchner es alarmante no sólo porque podría presagiar un intento de subordinarla a su proyecto personal –similar al emprendido en su momento por el compañero José López Rega–, sino también por lo que nos dice acerca de su mentalidad. Aunque la pareja ha disfrutado siempre de una cobertura mucho más amistosa que la brindada a Fernando de la Rúa, Carlos Menem, Raúl Alfonsín y hasta a los militares cuando ya se había hecho evidente que se iban. A su entender, toda manifestación de disenso es una señal que se ha puesto en marcha una conspiración ultraderechista en su contra.
La popularidad de la Presidenta se ha desplomado: según el diario madrileño El País, se ubica a un 23%, lo que de ser verdadrepresenta una caída salvaje para una persona que está habituadaa 60% o más. Si la Argentina fuera un país de instituciones políticas fuertes, Cristina podría ahorrarse disgustos al adoptar un perfil bajo y limitándose a administrar, pero desgraciadamente para ella no lo es. Aquí, la única institución que funciona de forma adecuada es la Corte Suprema, que acaba de asestarle una bofetada sonora al fallar a favor del derecho del procesista Luis Patti a asumir el escaño de diputado que ganó en las elecciones del 2005.
Por ser el sistema político nacional hiperpresidencialista, es decir, exageradamente personalista, la estabilidad depende del rating del ocupante de la Casa Rosada. Mientras no existieron dudas de que los Kirchner eran por un margen amplio los más populares y por lo tanto los más capaces de suministrar votos a la multitud de individuos anotados en las listas sábana partidarias, pudieron confiar en la "lealtad" del grueso de la clase política, de ahí todas aquellas afirmaciones de compromiso con el "proyecto" que afirman encabezar. Pero en cuanto empezó a difundirse la sospecha, que pronto se transformó en certeza, de que Cristina por lo menos había perdido la magia proselitista que tanto había beneficiado a sus seguidores, aparecieron grietas en el aparato que construyeron. Gobernadores peronistas de provincias en que los votantes rurales pesan mucho dieron a entender que no les gustaba demasiado la agresividad oficial hacia quienes habían posibilitado sus triunfos electorales más recientes. Y legisladores notorios por su obediencia al jefe de turno están preguntándose si no ha llegado la hora de distanciarse, aunque fuera un poco, de un matrimonio que tal y como están las cosas parece condenado a reeditar la experiencia triste pero aleccionadora de Menem.

Claro, los Kirchner aún tienen las llaves de la caja que, gracias al yuyo maldito llamado soja, está llena. Pero un resultado de la rebelión del campo ha sido despertar el interés de los gobernadores provinciales en el federalismo. Comprenden muy bien que las retenciones no coparticipables sirven para fortalecer al Poder Ejecutivo nacional en desmedro de todos los demás, en especial de las provincias. Si no fuera por dichos impuestos, algunos no tendrían que humillarse arrodillándose ante una pareja de ideas a su juicio desagradables que los trata con desdén. Quisieran cambiar radicalmente un esquema que saben, es perverso, pero que han tolerado hasta ahora por razones pragmáticas. A menos que Cristina logre recuperarse en los meses venideros, correrá el riesgo de verse frente a una coalición amplia conformada no sólo por productores rurales, sino también por políticos del interior que reclamen una revisión drástica de la forma de distribuir el dinero procedente del campo.
No es el único peligro que enfrenta. La inflación ya ha superado un 20% anual e, incluso, partidarios fervorosos del "modelo" advierten que podría hundirlo si el Gobierno sigue negándose a combatirla con algo más eficaz que estadísticas fraudulentas. Por lo demás, según los enterados la crisis energética se agravará mucho a menos que el Señor nos privilegie aboliendo el invierno. Está en lo cierto Cristina cuando señala que la falta tanto de energía como de comida barata es un problema mundial, pero es poco probable que los perjudicados por precios cada vez más exorbitantes y, tal vez, apagones prolongados, se sientan consolados al saber que en otras latitudes hay millones cuya situación es todavía peor. Antes bien, culparán a los Kirchner por la inflación y por los problemas energéticos. Tendrán razón, puesto que las dificultades se deben a la miopía insólita de un gobierno liderado por un matrimonio al parecer convencido de que sólo a un neoliberal desalmado se le ocurriría pensar en mañana.
¿Podrá Cristina salir del pozo en que se ha metido? No le será nada fácil. Para empezar, tendría que cambiar la personalidad que se ve reflejada en una imagen pública que sólo una minoría decreciente encuentra atractiva. Aunque a estas alturas debería entender que, en su caso, la combatividad suele resultar contraproducente, la posibilidad de que lo intente es escasa. Lo más probable es que reaccione con furia ante todo revés, de este modo, asegurando que el pozo se haga más profundo por momentos. También le sería necesario frenar la inflación antes de que las protestas comiencen a estallar en el siempre combustible conurbano, rezar para que haya gas y electricidad suficientes como para pasar el invierno próximo, y los siguientes, sin contratiempos y reconciliarse con el campo.

En otras palabras, todo hace sospechar que el "modelo K", una versión personalizada del confeccionado por Eduardo Duhalde después del colapso de la convertibilidad, tiene los días contados. El absolutismo kirchnerista, la voluntad de adquirir cada vez más poder y de controlar casi todo sin preocuparse por nada más, ya está chocando contra sus límites naturales al reaccionar distintas partes de la sociedad contra sus pretensiones exageradas. Que esto haya sucedido, siempre fue inevitable. Puede que en el 2003 el país haya sentido la necesidad de que el nuevo presidente fuera un hombre fuerte y duro que sería capaz de garantizar el orden y, mientras tanto, exculpar a la mayoría diciéndole que fueron otros los responsables de la catástrofe colectiva de dos años antes, pero estamos en el 2008 y las prioridades son distintas.
Mal que mal, se ha difundido la sensación de que los Kirchner son figuras de un pasado que se resiste a alejarse. Si fueran políticos auténticamente democráticos, aceptarían esta realidad, adaptando a las circunstancias. Como no lo son, procurarán resolver los problemas que están amontonándose, aplicándoles el método INDEC, que consiste en aferrarse a un relato ficticio aun cuando no tiene nada que ver con lo que efectivamente sucede. Muchos presidentes anteriores se refugiaron así en sus propias ilusiones. Pocos lograron terminar con dignidad su período en el poder. ¿Será Cristina una excepción a esta regla infeliz? Por desgracia, no existe ningún motivo para creerlo.l


Por JAMES NEILSON, PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”. | Ilustración: Pablo Temes.
http://www.noticias.uol.com.ar/edicion_1633/tesis.htm

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