quinta-feira, 9 de outubro de 2008

Evandro Teixeira El desierto y su memoria en ar




El desierto y su memoria
Nació en Irajuba, un caserío al nordeste de Bahía, y logró ser uno de los fotógrafos fundamentales de América latina. Evandro Teixeira, que puso en imagen medio siglo de este continente, vino a Buenos Aires a presentar Canudos, una muestra que lleva once años recorriendo el mundo. Canudos es un pueblo del norte de Bahía fundado a fines del siglo XIX por el beato Antonio Conselheiro: según la leyenda, entre 25 y 30 mil pobres lo siguieron y en medio de esa nada armaron una comunidad. Pero pronto fue arrasada por gobierno, autoridades religiosas y dueños de la tierra que no toleraron el próspero intento colectivista. Es la historia que cuenta Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, y tiene muchos más registros ilustres, como el de Euclides da Cunha. Fueron esas voces, y la de su abuela nordestina, las que oyó Teixeira para embarcarse en un trabajo de cuatro años, de charlas con ancianos centenarios que tenían memoria de la masacre, de imágenes que desempolvan el polvo de la Historia.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4857-2008-10-09.html




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Por Angel Berlanga

Tiene cincuenta años de oficio, sus imágenes se exhiben en los museos más importantes del mundo, asistió a unos cuantos momentos clave de la historia de Latinoamérica, está considerado uno de los más grandes en Brasil y, sin embargo, no quiere desplegar argumentos teóricos para una pregunta sencilla: ¿por qué es fotógrafo? “Es una cosa que también me pregunto, y no tengo explicación”, dice Evandro Teixeira en el hall del hotel en el que se aloja, centro de Buenos Aires. “Porque donde yo nací no había nada, ni televisión; apenas una radio”, dice, y lleva su mano derecha al oído como quien busca sentir de cerca una portátil pequeña, un movimiento que puede remitir hoy al del uso del celular, pero con matices. Detenerse en esos matices –el gesto de una atención menos urgente, más concentrada, los dedos que se abren algo más para recrear el ancho de la Spika que viene con su memoria– es buscar captar algo del arte de este hombre amable, inquieto, de talante muy cálido. “La primera vez que llegó un coche al pueblo salí corriendo, llorando”, dice, como para reforzar la ruralidad y lo polvoriento de Irajuba, el caserío al nordeste de Bahía en el que se crió, y enseguida dice que además quiso ser escultor. O expedicionario. Parte de esos oficios, de algún modo, también están a la vista en su trabajo.


Teixeira vino a presentar Canudos en la Fundación Centro de Estudios Brasileiros, una muestra fotográfica que lleva ya once años recorriendo ciudades de diversos países. Parece clave, en este trabajo, que su abuela materna le contara, cuando era chico, qué había pasado en ese sitio desértico del nordeste brasileño. “Ella era de ahí, y todo el tiempo volvía sobre cosas de esa historia –dice Teixeira–. Y luego, cuando era estudiante, leí el libro de Euclides da Cunha, Os Sertoes (en él se inspiró también Sergio Rezende para hacer una película). Fue algo que me quedó. Y mucho más adelante, cuando llevaba décadas como fotoperiodista, pude arreglar el sueño de construir este proyecto, y a lo largo de cuatro años fui para allá, para conocer a fondo la ciudad, hablar con los personajes, los viejos.” Cuatro años, también, fue lo que duró el antiguo Canudos de esta historia: hay que retroceder al período 1893-1897. Por entonces, el beato Antonio Conselheiro, distanciado de los mandatos de la nueva república, se fue a la aridez extrema, tierras de ásperas sequías, en el Sertao cercano a Bahía. La leyenda cuenta que entre 25 y 30 mil “pobres harapientos” lo siguieron y se instalaron allí, con él, y que en medio de esa nada se armó una comunidad. “Mi abuela contaba que la Iglesia mandó a dos capuchinos italianos, que llevaban muy poco tiempo en Brasil, para intentar mover las ideas de Conselheiro, que les dijo que no estaba contra la Iglesia. Como ellos insistían, los moradores, que se llamaban conselheiristas, los expulsaron. Cuando los capuchinos volvieron a Salvador, hicieron un informe terrible: dijeron que era un loco fanático. Allí todos trabajaban para todos, no se pagaban impuestos: era una colectividad. La ciudad estaba prosperando. Eso incomodó a los dueños de la tierra, porque estaban perdiendo mano de obra. Entonces la Iglesia, los militares, los terratenientes y el gobierno los atacaron.”


El último ataque, en 1897, fue una masacre: incendio, destrucción, asesinatos, deportaciones, hombres vendidos como esclavos. Arrasaron. Hay un registro de 68 imágenes tomadas por Flavio de Barros, fotógrafo del ejército brasileño. Un siglo más tarde, Teixeira fue a ver qué quedaba de aquello: de ahí surgió el libro Canudos - 100 años. “Fue un trabajo difícil, de pesquisa –dice Teixeira–. Porque usted tiene que conocer a las personas, tomar confianza. Después del libro quedé muy amigo de esos viejos; algunos de ellos ya murieron. Pero era necesario construir esta relación, porque son personas que viven distantes, en una zona de supervivencia; entonces hay que hablar, integrarse de algún modo, y entender a fondo qué pasó. No era cuestión de llegar, preguntar, fotografiar y ya está. Ahora soy como una especie de ídolo allá: voy todos los años, para octubre, porque ahí se hace una fiesta de celebración de los muertos, una fiesta muy bonita, religiosa, con cantos y danzas folklóricas.” Lo que cuenta puede verse en Instantáneos da realidade, el documental que Paulo Fontenelle hizo sobre su vida en 2003: allí registra los diálogos de Teixeira con viejos de entre 93 y 110 años.

El casamentero
Empezó tomando lecciones en Jequié, cerca de su pueblo natal, con un fotógrafo de estudio y un fotoperiodista, en simultáneo y por cuerdas separadas, mientras estudiaba Bellas Artes. “Aprendía con uno y otro –rememora–. Con uno en un atelier hacía foto académica, tomas con luces para iluminar; tenía una cámara grande así –abre los brazos, levanta una funda negra imaginaria y se mete ahí abajo, sale, sigue–. Chapa de vidrio, 12 por 24, lindísima. Con el otro hacía algo más moderno, trabajaba en un pequeño jornal de Jequié, sacaba con una Rolleiflex.” Luego, en Salvador de Bahía, comenzó a trabajar para un magazine, O Cruzeiro. En 1957 se instaló en Río de Janeiro y empezó a trabajar en Diario da Noite. Le gusta contar un par de anécdotas de patinazos de novato con un editor llamado Angel Regato, que a modo de bienvenida le dijo: “Voçé va ser o Santo Casamenteiro”. Tenía que conseguir fotos de casamientos, pero con una condición: no quería negros retratados. Aunque en una de las noches siguientes encontró a un preto con los pelos rizos como una bola enorme en casorio con una alemana, así que Evandro sucumbió a la tentación, llevó su foto al diario y se encontró con el simpático recibimiento del jefe: “¿Esta mierda? ¿No te dije que no quería negros? ¡Fuera, bahiano, burro!”. Dos semanas después llegó la chance para reivindicarse: “Me mandaron a cubrir el Baile do municipal –cuenta–. En aquella época era un carnaval más chico, más ingenuo, no había vedettes, eran todos pasistas. Era en otro lugar, en Río Branco; no es como hoy, en el Sambódromo. Y este baile, que ahora está prohibido, se hacía en un teatro como el Colón, de aquí. Cuando llegué, me había perdido el desfile”. El jefe se enfureció otra vez y le dio el ultimátum con la cobertura de las escolas de samba. “Ahí sí, hice un bello trabajo –dice–. ‘Bueno, el bahiano tiene chance’, me dijo. Ahí comenzó mi historia en Río de Janeiro.”


Desde hace 45 años trabaja en el Jornal do Brasil. Sigue yendo a diario, unas horas por la tarde, pero con muchas libertades: lo convocan todo el tiempo para dar charlas y cursos, para presentar libros y presidir jurados. Como dice su colega y amigo Sebastiao Salgado, su oficio le permitió seguir de cerca “la cresta de la ola de la historia” y así pudo registrar varios golpes de Estado, represiones, figuras en momentos clave, en encrucijadas: el ataque a La Moneda en Chile y los detenidos en el Estadio Nacional; Chico Buarque, Tom Jobim y Vinicius de Moraes tumbados panza arriba sobre las mesas de un bar; los centenares de cadáveres que cosechó en Guyana el reverendo Jim Jones con su Templo del Pueblo; Olimpíadas, giras presidenciales, mundiales de fútbol, desfiles de modelos; los fuegos de artificio del carnaval, los asesinatos en las favelas; Ayrton Senna en una escola de samba, Neruda recién muerto, Baryshnikov volando en el Colón. Antes, dice Teixeira, venía muy seguido a la Argentina: estuvo cuando el golpe y también durante la guerra de Malvinas.

Testimonio y destino
El libro que presentó hace unos meses lo lleva y lo trae a lo largo de Brasil: se llama 68: Destinos. Paseata dos 100 mil. El 26 de junio de 1968, Teixeira fotografió una multitud en la plaza Cinelandia, una marea de rostros identificables y una bandera con la inscripción “Abajo la dictadura / Pueblo en el poder”. “En 1983 publiqué mi primer libro de fotos y contenía esta imagen, que en su momento no fue publicada en el diario por la censura –cuenta–. Y la directora de arte se reconoció ahí. Y también reconoció a su marido, un arquitecto, que aparece más arriba en la imagen. Pero por entonces todavía no se conocían; después se casaron y se encontraron, coincidiendo en esta foto. De ahí partió la idea de construir un proyecto buscando a las personas.” 68: Destinos reúne un centenar de testimonios de aquellos manifestantes, retratados en el mismo sitio por Teixeira casi cuatro décadas después. La presentación, en Río de Janeiro, fue un acontecimiento histórico y cultural.

Este mes se publica en Brasil otro libro con sus fotos. “Es sobre fútbol, sobre los torcedores”, dice, y pregunta si a las hinchadas acá se les llama igual. “Sólo de eso, la alegría y la tristeza del torcedor”, dice. Y hay más: entre fines de agosto y comienzos de septiembre recorrió los territorios en los que transcurre Vidas secas, del narrador y cronista Graciliano Ramos, de cuya publicación se cumplen 70 años. “La editora que tiene los derechos me contrató para hacer un libro de arte, grande –cuenta Teixeira–. Pasé quince días en el Nordeste, por Alagoas y Pernambuco, para acompañar los caminos de Graciliano, uno de los más grandes escritores brasileños.”

¿Y cómo se lleva con el contraste entre aquella radio de su infancia y la proliferación de imágenes de la actualidad, de aquella escasez a este desborde? Teixeira responde con una historia reciente que proviene de su rastreo para Vidas secas: “A muchos lugares fui en coche, pero otras veces tuve que caminar mucho –cuenta–. Fui a buscar a un vaquero que había convivido con Graciliano, 102 o 103 años; al final un chico me indicó una sierra, distante. Caminamos unos tres kilómetros y llegamos a un pequeño caserío, bajo, perdido; no había coches, pero sí una antena parabólica. Le estaba tomando fotos al viejo y en eso llegó una señora con unos niños; saqué algunas más y los niños se me vinieron encima, manoteaban la cámara. ‘Eh, no peguen la máquina.’ Les mostré, y luego quise saber cómo podía hacer para mandárselas: no había modo. Les pregunté cómo sabían que la foto podía verse ya en la cámara: ‘Ah, la gente en la TV, a toda hora’, me dijeron. No se podía llegar ahí en coche, no había cómo mandar las fotos, pero la televisión les muestra. Quedé impresionado”.

Teixeira dice que su fotografía es triste. “Con Lula el país avanzó, se introdujo una voz familiar en los sectores populares, hay mejorías –sostiene–. Brasil cambió bastante, pero todavía faltan muchas cosas. Y tal vez por eso en mis imágenes haya un poco de tristeza.” También dice Teixeira que es “un profesional insatisfecho en el esfuerzo por develar el alma de las cosas”. “Tengo mucho para mostrar y para vivir –se ríe–. El mundo y la vida es grande y no pienso en parar. No pienso en ponerme un pijama y aposentarme. Estoy con otros proyectos pra-frente. Pienso continuar, siempre.” ¿Sacó fotos en Buenos Aires, durante este viaje? “No tuve tiempo”, se lamenta. Lluvias, compromisos, visitas, el montaje de Canudos. “Siempre llevo conmigo el equipo”, dice, y señala una valijita de la que saca una de sus cámaras, una digital de esas diminutas. “La semana pasada me llamó Sebastiao Salgado y me dijo: ‘Evandro, adivina: ¡cambié! Ahora estoy con digital’. ‘¡Por amor de Dios!’, le dije. Para este libro que acabo de hacer, Vidas secas, pensé en usar una Leica, como para Canudos. Pero tenía que hacer un trabajo rápido y pensé: papel, film, revelación, contactos, copias de trabajo... Se hace mucho gasto. Usé digital y quedé feliz.”

En 2000 fue seleccionado, en Nueva York, entre los 40 fotógrafos del siglo XX. A lo largo de medio siglo, sus imágenes sumarán millones. ¿Sueña, mientras duerme, que saca fotos? “Por supuesto –dice–. Anoche mismo soñé que sacaba una a las Madres de Plaza de Mayo, en una de esas rondas que hacen.” ¿Será difícil que elija alguna favorita, entre tantas, tantas? Para nada. “Es un casamiento en Paraty, una foto que está en el libro de periodismo –dice–. El es pequeño; ella, grande. Una vez llegué al Museo Pompidou y vi que estaba en exposición y que había muchas personas mirando, tocando, riéndose, haciendo gracias. Es una foto que no tiene nada, simple, ingenua, pero con una belleza plástica que me gusta mucho.”

Luego se va a la calle, para las fotos. De regreso, Nora Lezano dice que resultó tan fotógrafa como fotografiada. Teixeira invita café. Y cuenta, sigue contando: cómo una especie de termita le comió un archivo, episodios de censura, Garrincha...

La muestra Canudos se puede ver en Fundación Centro de Estudios Brasileiros, Esmeralda 969, Capital. Más información en www.evandroteixeira.net (sitio oficial del fotógrafo). Además, hoy a las 16, en el Museo Etnográfico (Moreno 350), se proyectará Vidas secas, de Nelson Pereira dos Santos, basada en la novela de Graciliano Ramos.

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