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sábado, 7 de agosto de 2010

Las sorpresas de José Serra

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Las sorpresas de José Serra
Mientras la candidata oficialista consolida su liderazgo en las encuestas después de correr desde atrás durante meses, el referente del PSDB no consigue ampliar su base de apoyo en el tramo final de la campaña brasileña.







Por Eric Nepomuceno
Desde San Pablo

El primer debate de la campaña electoral brasileña de poco sirvió: los candidatos se mostraron excesivamente cautos, la temperatura se mantuvo tibia todo el tiempo. La esperada superioridad de José Serra, del PSDB, sobre Dilma Rousseff, del PT de Lula, en esa clase de encuentros no es tan superior como se decía. Se esperaba una postura más propositiva de Serra y más insegura de Dilma. El flojo desempeño de ambos ha sido una sorpresa.

La verdad es que la candidatura de José Serra a la sucesión de Lula produce una sorpresa tras otra, y ninguna de ellas le es favorable. Luego de encabezar durante meses todos los sondeos, con fuerte ventaja sobre su adversaria, en febrero pasado Serra empezó a resbalar. A partir de marzo esa ventaja empezó a encoger pronunciadamente. Y a partir de junio la vio primero empatar y luego superarlo, en todos los sondeos, por un margen cada vez más consistente (entre ocho y diez puntos, acorde con los diferentes institutos de encuestas).

Ahora, cuando falta poco más de un mes para que empiece la tercera y más decisiva etapa de la campaña –los programas electorales transmitidos por televisión–, a Serra le queda la única y menguada esperanza de que ocurra una segunda vuelta (si la adversaria no obtiene el 50 por ciento de los votos válidos en el primer escrutinio). Y es que parece cada vez más concreta la posibilidad de que él sea aplastado ya en la primera, el domingo 3 de octubre. Sería el fin de su carrera.

¿Qué le habrá pasado al candidato que por casi dos años fue el franco favorito para suceder a Lula? Un poco de todo. Le falta un discurso capaz de ampliar su electorado natural, el más conservador, conquistando votos en la centroizquierda. Le falta una propuesta capaz de convencer de que podrá ser una alternativa a uno de los gobiernos más populares y exitosos de la historia contemporánea brasileña. Le faltan una alianza sólida y organizada, militancia real; le falta capacidad para penetrar en las camadas más pobres (y que conforman la mayoría del electorado). Y si faltase algo más, ahora le falta dinero.

Por donde quiera que se mire, la situación de Serra es delicada. El primer balance de recaudación de las campañas de candidatos deja claro que su postulación no despierta el entusiasmo esperado siquiera entre los grandes donantes (bancos, constructoras, empresas poderosas). En ese primer mes de campaña oficial, Serra logró 3.600.000 reales (unos 7.200.000 pesos). Marina Silva, del Partido Verde, cuya candidatura carece de viabilidad electoral, recaudó más: 4.650.000 reales, alrededor de 9.300.000 pesos. Y en la caja de la campaña de Dilma Rousseff entraron 11.600.000 reales, unos 23.200.000 pesos. Hasta su compañero del PSDB, Geraldo Alckmin, que es vinculado con el Opus Dei y disputa el gobierno de San Pablo, logró más donaciones. Y cuando en el principal partido de la oposición un candidato a gobierno estadual recauda más que el candidato a la presidencia, queda claro que algo raro ocurre bajo el cielo.

Esa fragilidad en la campaña opositora coincide con la consolidación de la candidatura de Dilma Rousseff, quien se lanzó como pálida sombra impuesta por Lula a su partido y con el correr del tiempo adquirió vuelo propio. Si en marzo y abril la palabra “Lula” aparecía en una de cada cuatro frases que profería, Dilma ahora pasó a incorporar la expresión “nuestro gobierno”, realzando su participación en los logros de esos casi ocho años de un presidente cuya aprobación popular, cuando faltan poco más de cuatro meses para cerrar su mandato, ronda el 80 por ciento.

Mientras tanto, la estrategia opositora de realzar la poca experiencia de Dilma y su currícula administrativa inferior a la de Serra no surtió el efecto esperado.

El debate del pasado jueves empezó exactamente a los diez minutos del partido entre San Pablo e Internacional de Porto Alegre, por una plaza en la final de la Copa Libertadores. Logró, al empezar, 6 puntos de audiencia. La TV Globo, que transmitía el partido, 28. Terminó con 2 escasos puntos, mientras que el partido llegó a 30. Con tan poco público, no irá cambiar nada. Para los adversarios de Dilma servirá, cuanto mucho, por haber dejado claro cuáles son sus puntos débiles en esa clase de confrontación, y son muchos.

Pero Serra sigue perdiendo espacio. En su terreno (la región sur) fue ampliamente superado por su adversaria en el crucial estado de Minas Gerais, se sitúa casi 20 puntos abajo en Río de Janeiro y pierde poco a poco la amplia ventaja en su estado natal, San Pablo, principal colegio electoral brasileño. Claro que, como en un partido de fútbol, nada estará definido hasta el silbato final, que en ese caso será soplado por las urnas. Pero a menos que ocurra uno de esos imprevistos que caracterizan la magia del fútbol, el partido parece definido.

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